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8 minutos de lectura

Lo que está en juego cuando una empresa no segmenta su portafolio

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Lo que está en juego cuando una empresa no segmenta su portafolio

Lo que está en juego cuando una empresa no segmenta su portafolio
16:39

Usualmente, la discusión sobre precios suele aparecer en momentos de presión. No necesariamente cuando la empresa está en una posición cómoda para reflexionar con profundidad, sino justo cuando los márgenes comienzan a deteriorarse, cuando la competencia ajusta agresivame Lo que realmente está en juego cuando una empresa no segmenta su portafolio nte sus tarifas o cuando la demanda muestra señales de desaceleración. Es literalmente, actuar de forma reactiva. En ese contexto, el pricing se convierte en un tema urgente, pero rara vez en un tema estructural.

Desde esa urgencia, es frecuente observar intentos por “optimizar precios” que se limitan a ajustes superficiales: aumentos lineales, descuentos selectivos, promociones tácticas o revisiones parciales del portafolio. Sin embargo, detrás de muchos de estos esfuerzos hay una omisión más fundamental que no suele ser evidente en un primer análisis: la ausencia de una segmentación rigurosa de la oferta.

Este no es un problema menor ni técnico. Es un problema de base. Porque cuando una empresa intenta gestionar precios sin haber definido previamente cómo se estructura su portafolio de productos y cómo se relaciona ese portafolio con distintos tipos de clientes, lo que en realidad está haciendo es operar sobre un sistema que no ha sido correctamente modelado.

Desde esta perspectiva, el pricing deja de ser una palanca estratégica y se convierte en una serie de decisiones aisladas, muchas veces guiadas por intuición o por referencias externas poco contextualizadas.

El presente artículo, basado en el webinar “Product Segmentation” de SYMSON, aborda precisamente esta problemática desde una lógica estructural. No se trata de entender la segmentación como un ejercicio de marketing o como una clasificación estática del portafolio, sino como el punto de partida necesario para cualquier estrategia de precios que aspire a ser consistente en el tiempo.


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>> ¿Qué es costeo ABC? <<

 

El problema de intentar fijar precios sobre una estructura que no ha sido definida

Una de las ideas más recurrentes en la práctica empresarial es la noción de que el mercado “define” los precios. Bajo este supuesto, las organizaciones tienden a observar a la competencia, analizar tendencias y ajustar sus tarifas en función de lo que perciben como aceptable o viable. Si bien este enfoque puede tener sentido en ciertos contextos, también introduce una limitación importante: desplaza el análisis interno hacia un segundo plano.

Cuando no existe una segmentación clara de productos, la empresa pierde la capacidad de entender qué está vendiendo realmente. No en términos descriptivos, sino en términos económicos y estratégicos. Productos que son tratados como equivalentes pueden tener estructuras de costos distintas, niveles de diferenciación dispares o comportamientos de demanda completamente diferentes.

Esto implica que cualquier intento de fijar precios de manera homogénea está, en el fondo, ocultando una heterogeneidad que no ha sido reconocida.

El resultado de este enfoque suele manifestarse en dos extremos. Por un lado, productos con alto potencial de margen que son subexplotados porque se les asigna un precio promedio que no captura su valor. Aquí dejamos dinero sobre la mesa. Por otro lado, productos con baja contribución que se mantienen en el portafolio bajo condiciones que erosionan la rentabilidad general.

Desde esta perspectiva, la ausencia de segmentación no solo limita la capacidad de capturar valor, sino que distorsiona la lectura que la organización tiene sobre su propio desempeño.

La persistencia del enfoque uniforme en contextos donde la heterogeneidad es la norma

A pesar de la evidencia acumulada en torno a la importancia de segmentar, muchas organizaciones continúan operando bajo un enfoque que asume, diría yo, una relativa homogeneidad en sus clientes y productos. Este fenómeno no suele responder a una decisión explícita, sino a una combinación de inercia organizacional, limitaciones de información y simplificaciones operativas.

El denominado enfoque “one-size-fits-all” es, en esencia, una respuesta a la complejidad. Cuando la estructura de datos es insuficiente o cuando los sistemas de gestión no permiten diferenciar con claridad entre distintos segmentos, la organización tiende a adoptar reglas generales que simplifican la toma de decisiones.

Sin embargo, esta simplificación tiene un costo. Los clientes no tienen la misma disposición a pagar, ni valoran los mismos atributos, ni responden de la misma manera a cambios en precios. De la misma forma, los productos no cumplen el mismo rol dentro del portafolio, ni contribuyen de manera uniforme al margen, ni enfrentan el mismo nivel de competencia.

Esto implica que un enfoque uniforme es impreciso, y además que introduce decisiones sistemáticamente subóptimas.

En contextos de estabilidad, este tipo de ineficiencias puede pasar desapercibido durante cierto tiempo. Pero en entornos de mayor volatilidad, donde pequeñas variaciones en la demanda o en los costos tienen efectos amplificados, estas distorsiones se vuelven evidentes con mayor rapidez.

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>> El verdadero dinero no está en los costos está en el precio <<



La volatilidad económica como catalizador de decisiones mal fundamentadas

El contexto de “estanflación” —caracterizado por la combinación de bajo crecimiento económico y alta inflación— introduce una tensión particular en la gestión de precios. Por un lado, las empresas enfrentan presiones de costos que las empujan a aumentar precios. Por otro lado, la sensibilidad de la demanda limita su capacidad de trasladar esos incrementos al mercado.

En este escenario, la segmentación se convierte en una necesidad operativa. No nos debemos preguntar si conviene segmentar, sino qué tan rápido puede la organización construir una estructura que le permita tomar decisiones diferenciadas.

Sin embargo, cuando esta estructura no existe, las decisiones tienden a basarse en lo que comúnmente se describe como “gut feeling”. Esto no implica necesariamente improvisación, sino más bien una forma de juicio basada en experiencia, pero sin un soporte analítico suficiente.

El problema es que, en contextos volátiles, la experiencia pasada no siempre es un buen predictor del comportamiento futuro. Por lo tanto, decisiones que en otros momentos nos hubieran parecido razonables, se vuelven más riesgosas cuando las condiciones cambian de forma acelerada.

La segmentación como mecanismo para revelar oportunidades de margen que de otro modo permanecen ocultas

Uno de los aportes más relevantes de la segmentación es su capacidad para hacer visibles patrones que no son evidentes en un análisis agregado. Cuando el portafolio se observa como un todo, las diferencias entre productos tienden a diluirse, y con ellas, las oportunidades de optimización.

Al desagregar la oferta en función de atributos relevantes —como calidad, rentabilidad, demanda o intensidad competitiva— la organización comienza a identificar dónde se generan realmente los márgenes y dónde se están perdiendo.

Esto implica que la segmentación no es solo una herramienta de clasificación, sino un mecanismo de diagnóstico. A partir de este diagnóstico, es posible diseñar estrategias diferenciadas que respondan a la lógica específica de cada segmento. En algunos casos, esto puede implicar incrementar precios para capturar valor no realizado. En otros, puede requerir ajustes orientados a mejorar la rotación o a defender participación de mercado. Lo relevante es que estas decisiones dejan de ser genéricas y comienzan a alinearse con la realidad económica de cada grupo de productos.

La necesidad de entender el valor desde la perspectiva del cliente y no solo desde la estructura interna

Una segmentación centrada exclusivamente en atributos del producto puede generar una visión incompleta si no se complementa con un análisis de clientes. Esto se debe a que el valor no es una propiedad inherente del producto, sino una percepción que se construye en la interacción con distintos tipos de consumidores.

Desde esta perspectiva, dos productos con características similares pueden tener valoraciones distintas dependiendo del segmento de cliente al que se dirigen. Por lo tanto, una segmentación efectiva requiere integrar ambas dimensiones: la del producto y la del cliente.

Esto implica incorporar variables geográficas, demográficas, conductuales y psicológicas que permitan entender cómo distintos grupos perciben y utilizan la oferta. No se trata de construir perfiles complejos por sí mismos, sino de identificar patrones que tengan implicaciones en la disposición a pagar y en el comportamiento de compra. En ICX tenemos una metodología llamada Persona Playbook justamente enfocada en este análisis.

Cuando esta integración se logra, la organización comienza a operar con un modelo más cercano a la realidad del mercado, donde las decisiones de pricing reflejan lo que la empresa vende, así cómo ese valor es percibido por quienes lo compran. Te explico a continuación los siete pasos del modelo de segmentación que propone SYMSON.


    1. La lógica de un modelo estructurado de segmentación como base para decisiones consistentes
    2. La agrupación de productos como mecanismo para abandonar la lógica del catálogo homogéneo
    3. La segmentación de clientes como complemento indispensable para entender la captura de valor
    4. El cruce de segmentos como punto donde la estrategia deja de ser abstracta y se vuelve operativa
    5. La determinación del precio óptimo como consecuencia de una estrategia previamente definida
    6. La necesidad de entender la segmentación como un proceso dinámico y no como un ejercicio puntual


El modelo de segmentación de siete pasos presentado en el webinar de SYMSON propone una secuencia lógica que permite construir esta estructura de manera progresiva. Más que un conjunto de técnicas aisladas, se trata de un proceso que conecta distintas capas de información para llegar a decisiones de pricing fundamentadas.

El punto de partida es la identificación de atributos clave del producto. Esta etapa obliga a la organización a explicitar criterios que muchas veces están implícitos o distribuidos en distintas áreas. La calidad, por ejemplo, deja de ser una percepción general y se descompone en dimensiones concretas como rendimiento o durabilidad. La rentabilidad se analiza no como un agregado, sino como una contribución específica al margen.

Este ejercicio, aunque aparentemente básico, tiene implicaciones importantes. Obliga a alinear definiciones, a depurar datos y a construir una base común sobre la cual se pueden tomar decisiones posteriores.

Una vez definidos los atributos, el siguiente paso consiste en agrupar productos en función de similitudes relevantes. Esta agrupación no responde a criterios comerciales tradicionales, sino a una lógica económica.

El uso de técnicas como el análisis ABC permite clasificar productos según su contribución al margen, lo cual introduce una jerarquía que no siempre es evidente en la estructura comercial. Productos que representan un alto volumen de ventas pueden no ser los más relevantes desde una perspectiva de rentabilidad, mientras que otros con menor visibilidad pueden tener un impacto desproporcionado en los resultados.

Al construir estos grupos, la organización comienza a abandonar la idea de un catálogo uniforme y reconoce que distintos productos requieren estrategias distintas. Esto implica que el pricing deja de ser una función transversal y se convierte en una serie de decisiones específicas por segmento.

En paralelo al análisis de productos, el modelo propone estructurar la base de clientes utilizando variables que permitan diferenciar comportamientos y niveles de valor. El enfoque RFM (Recencia, Frecuencia, Valor Monetario), por ejemplo, introduce una lógica cuantitativa que facilita esta clasificación.

Al analizar la recencia (hace cuánto se dieron las últimas interacciones), la frecuencia y el valor monetario de las transacciones, la organización puede identificar patrones que no son evidentes en un análisis agregado. Clientes que compran con alta frecuencia pero con tickets bajos, clientes que realizan compras esporádicas pero de alto valor, o clientes que han dejado de interactuar recientemente.

Cada uno de estos perfiles tiene implicaciones distintas en términos de pricing y de estrategia comercial. Lo relevante es que esta segmentación permite entender además de cuánto compran los clientes, también cómo y cuándo lo hacen, lo cual es fundamental para diseñar estrategias que maximicen la captura de valor.

Uno de los momentos más relevantes del modelo es el cruce entre segmentos de producto y segmentos de cliente. Es en este punto donde la información acumulada en las etapas anteriores se convierte en una herramienta para la toma de decisiones.

Al visualizar estas intersecciones, la organización puede identificar combinaciones que representan oportunidades de alto margen, así como aquellas que requieren ajustes.

El concepto de “sweet spot” emerge precisamente de este análisis. No se trata de un punto único, sino de un conjunto de combinaciones donde el valor del cliente y la rentabilidad del producto se alinean de manera favorable.

A partir de esta identificación, es posible definir estrategias diferenciadas que respondan a cada cuadrante. En algunos casos, la prioridad será mantener precios elevados para capturar valor. En otros, será necesario ajustar precios para estimular la demanda o para competir en segmentos más sensibles.

Una de las implicaciones más relevantes de este enfoque es que el precio deja de ser el punto de partida y se convierte en el resultado de una serie de decisiones previas.

Esto contrasta con la práctica común de definir precios en función de costos más un margen, -cost plus pricing - o de referencias externas - competition based pricing - , sin haber construido una comprensión profunda del portafolio y del cliente.

El modelo plantea que la estrategia de precios debe alinearse con la estrategia general de la empresa, ya sea que esta esté orientada al cliente, al liderazgo de producto o a la excelencia operativa. Esta alineación no es trivial. Implica que el pricing no puede optimizarse de manera independiente, sino que debe reflejar las prioridades estratégicas de la organización.

Finalmente, el modelo enfatiza que la segmentación no es una actividad que se realiza una vez y luego se mantiene estática. En entornos cambiantes, los atributos de los productos pueden evolucionar, los comportamientos de los clientes pueden modificarse y las condiciones del mercado pueden alterar las dinámicas competitivas.

Esto implica que la segmentación debe ser monitoreada y ajustada de manera continua.

El uso de herramientas analíticas y de software especializado facilita este proceso, pero más allá de la tecnología, lo que se requiere es una disciplina organizacional que incorpore la revisión periódica como parte de la gestión, porque incluso los modelos más sofisticados tienden a perder vigencia con el tiempo.

Si se te perdió un punto de los 7, fue porque fusioné los puntos 3 y 4 originales del modelo porque los considero estrechamente relacionados.

Reflexión final sobre la segmentación como fundamento de decisiones más conscientes

La segmentación de productos y clientes no es, un ejercicio técnico orientado a mejorar la precisión de un modelo. Es más bien un proceso que obliga a la organización a confrontar la complejidad de su propia operación y a estructurarla de manera que las decisiones reflejen esa complejidad en lugar de simplificarla excesivamente.

Es por ello que cuando una empresa logra pasar de una lógica homogénea a una estructura segmentada, mejora grandemente su capacidad de fijar precios, y además desarrolla una comprensión más profunda de cómo se genera y se captura el valor en su operación. Por eso te pregunto ¿Cómo tienes tus segmentos de clientes y productos?

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